La Universidad EAFIT nació el 4 de mayo de 1960 como Escuela de Administración y Finanzas, impulsada por un grupo de industriales de Medellín que buscaban formar a los directivos que necesitaba la creciente economía antioqueña. En 1975 se reorganizó como universidad completa, con programas de ingeniería de cinco años.
Su campus principal está en El Poblado (Medellín), con sedes en Bogotá, Pereira y Llanogrande. Bajo el lema «Inspira, crea, transforma», ha hecho de la vinculación con la empresa su seña de identidad: sus programas de Economía y Finanzas cuentan con acreditación AACSB y ha recibido dos veces la acreditación institucional de alta calidad del Ministerio de Educación.
EAFIT entró en el QS World University Rankings en 2019 y, según su informe de sostenibilidad 2025, ocupa actualmente el quinto puesto entre las universidades de Colombia y es la privada regional mejor clasificada. También figura en el THE World University Rankings. Fue la única universidad colombiana seleccionada para la iniciativa «100,000 Strong in the Americas» impulsada por el Gobierno de Estados Unidos.
Su trayectoria ilustra cómo una escuela de negocios regional puede convertirse en una universidad de investigación con proyección internacional sin romper su vínculo con el tejido empresarial que la creó.
El emprendimiento universitario no se limita a preparar una presentación comercial. Una idea necesita contrastarse con un problema real, identificar a sus posibles usuarios y comprobar si la solución aporta algo distinto. En el contexto educativo, este proceso puede servir para desarrollar investigación aplicada, comunicación y trabajo en equipo, incluso cuando el proyecto no termina convertido en empresa. Aprender a descartar una hipótesis también tiene valor formativo.
Las condiciones del acompañamiento son una parte central de la propuesta. Antes de participar, conviene conocer los criterios de acceso, la dedicación exigida, el papel de los mentores y las reglas sobre propiedad intelectual. Cuando intervienen conocimientos producidos en un laboratorio, pueden existir obligaciones adicionales. La presencia de una incubadora o de un programa de apoyo no debe interpretarse como garantía de financiación, supervivencia empresarial o acceso automático a clientes.
El vínculo con el territorio abre otra dimensión de análisis. Los proyectos pueden responder a necesidades industriales, servicios públicos o desafíos sociales, pero cada ámbito requiere formas distintas de evaluar su utilidad. Una iniciativa de impacto social necesita explicar a quién beneficia y cómo observa sus efectos. Una propuesta tecnológica debe justificar además su viabilidad. Confundir ambas evaluaciones puede llevar a medir únicamente ventas o visibilidad y dejar fuera otros resultados.
Para valorar el futuro de este tipo de formación interesa observar trayectorias y no solo concursos o anuncios. La continuidad de los equipos, la calidad del aprendizaje y la posibilidad de participar desde carreras diversas ofrecen información relevante. El éxito educativo no siempre coincide con el crecimiento de una startup: puede reflejarse también en competencias transferibles a organizaciones existentes, en colaboración interdisciplinar o en una mejor comprensión de los riesgos de emprender.
